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VARIUM ET MUTABILE SEMPER FEMINA (2016)

¿Tenemos algo que decir, los hombres, en sexualidad femenina? Más en general, ¿entendemos algo, los machos, de hembras? O aún más en abstracto, ¿entendemos algo, los humanos, de nuestra sexualidad, más allá de la presencia / latencia persistente? ¿Tiene sentido que un macho presente el catálogo de una exposición en la que una hembra-autora aborda temas sexuales? Más precisamente, ¿que hable de una obra en la que esta hembra-autora evoca aspectos de su propia condición sexual?

La obra que nos ofrece Samantha Bosque tiene una cierta dosis de vida trabada, querida, trabajada, domesticada. El acto de comentarla es doblemente impúdico. Por un lado, por la distancia que deriva de la diferencia de género, la diferencia bioquímica constitutiva de toda especie, el abismo hormonal que nos define. Por el otro, por la osadía que supone penetrar en la obra de Sam y descubrir conceptos y meta conceptos, signos y símbolos, imágenes y imaginería, textos y caligrafías que son suyos y sólo suyos. Hace una cierta angustia entrar y remover en todo este material, como si de una casa de porcelana se tratara, temiendo dar un paso en falso en cada rincón, errar en la interpretación de alguna pieza, sufriendo por no dañar material tan delicado.

Pero, déogratias, los humanos nos hemos inventado el arte. Además de sexualizarnos, con más o menos éxito y diversa fortuna, los humanos decidimos un día producir obra artística. Y probablemente el mismo día o casi, obra artística de temática sexual, explícita o no tanto. La manzana y la serpiente con Eva, con hojas o deshojada. Kharujao, el tantra, el Kama-Sutra, la maravilla jemer de Angkor Wat. Las mil y una noches, Anaïs Nin, Egon Schiele, Lucien Freud, Tracey Emin, passim.

La obra artística brota del artista, pero se desmarca y permite un playing field posible para el espectador. La obra artística, ella, no tiene sexo ni género, y por eso mismo es asequible a todo humano. Ya puede ser insondable del alma humana, la obra se deja sondar. Ya puede ser irrepetible toda individualidad, la obra artística es repetible, como reproducible pero también analizable, comunicable, deconstruïble y reconstruible en razón del sesgo de común humanidad que lleva en sí.

"Varium et mutabile semper femina", decía Virgilio en la Eneida y lo repite ahora Sam al hacer el título de este su proyecto artístico. "La donna é mobile, cual piuma al vento, muta d’acento e di pensier..." remata el duque de Mantua en Rigoletto con suficiència y como él varias generaciones de machos en plena euforia misógina. ¿Una mujer apostrofando así la condición de mujer? ¿Conservadora Sam? ¿Antifeminista Sam? No será esto...

Las dieciséis piezas que conforman la exposición no son eso, no. Son dieciséis enigmas con fondos de mujer. Un ensayo de mini cartografía erótica. Una pequeña topología tópica y utópica del deseo. Un repertorio personal de perversiones y conversiones. Un juego de pistas para despistar a los incrédulos y los sobrados. Un vademécum de estereotipos y mascaradas, reales o soñadas. Un pasamanos de cuentas con las manías propias y las de los antiguos maestros tras los altares. Un striptease espiritual sin látex.

Atención, sin embargo, a la morfología del desnudamiento. Lejos del exhibicionismo gimnástico de la pura corporeidad falsamente lasciva, tan típico de la pornografía, Varium et mutabile semper femina invita al espectador a adentrarse en el mundo del erotismo de forma simbólico-alusiva. El uso de tonos blanco-gris-negro hace un guiño a la fuerza expresiva de la fotografía en blanco y negro; los ocres y marrones que completan la gama cromática que utiliza la autora en casi todo el proyecto pictórico remiten al paso del tiempo y la carga melancólica que incorporan hierros oxidados y fotografías envejecidas.

El indudable eco hiperrealista de muchas de las piezas dialoga con el texto escrito, ya sea en forma de cita o de sentencia, ya la vez con objetos físicos tridimensionales. Pelos, plumas, cuerdas, clavos, agujas, hormigas, relojes sin agujas invaden los cuerpos inertes, fragmentados, entregados a la eterna lucha entre eros y thánatos, a medio camino tanto del éxtasis como de la devastación. La suavidad de las formas lisas y redondas es perforada por la punzada material de la bestia, la que nos asalta desde fuera o que llevamos todos dentro. El peso de la palabra escrita marca el cuerpo femenino. Tan pronto lo dobla y lo amansa, como lo eleva y lo sublima.

Contemplando este magma de formas y materiales, los espectadores somos llamados a interrogarnos sobre la feminidad y sus derivados. A hacernos preguntas sobre la pertenencia de nuestras creencias o sobre la sagacidad de nuestras convicciones. A meditar sobre cuáles de nuestras acciones nos atan, qué ligan a otro y cuáles podrían desatar a todos. A pensar cómo y porque nos exhibimos o nos inhibimos. A revisar mentalmente el mapa de nuestro deseo, sus glorias y sus cadenas.

Intencionadamente ambivalente y polisémico, este proyecto pictórico es quizás el más arriesgado de los que ha acometido Sam, por el tema en sí mismo, como para querer desvelar abiertamente en público una visión personal de la feminidad. Los diversos itinerarios en el viaje nos llevan de la parte al todo, de la mujer a la hembra, del hombre a la mujer, del pasado al presente, y viceversa, sin solución de continuidad. Itinerarios que quizás no abarcan ni agotan la infinita variedad de vivencias y emociones que los humanos somos capaces de experimentar, ni nos indican una forma sola y única de vivir la sexualidad.

En la exposición encontrará a menudo todo tipo de llaves diseminadas por las obras. No hay una sola llave que abre todas las puertas, es evidente. La clave de la sexualidad femenina ha sido arrebatada a las mismas mujeres, durante muchos siglos y en gran parte del mundo, por el machismo, el patriarcado y sus celadores, civiles, religiosos o militares. Y el alma femenina ha resultado trastornada.

Cada mujer es única dueña de su llave, sólo ella sabe cómo, con quién y de qué manera la quiere compartir.

Marc Vila Amigó